Ellos son los viejos de esta ciudad,
los que en días de verano salen a tomar un poco de sol,
la piel blanca, las arrugas, las manos inseguras,
aquí están todos, reunidos por una fiesta local.
Están aquellos que en su cara reflejan los pesares de una vida,
molestos, tienen muecas en vez de facciones,
refunfuñan en vez de saludar,
ariscos, como si la vida les debiera,
se apartartan, se rascan el pelo,
se muerden los labios.
Están aquellos, principalmente mujeres,
que vienen con sus mejores trajes,
las que antes de salir se miraron en un espejo,
se acomodaron el cuello, se pusieron un poco de polvo,
se saben viejas y, sin embargo, quieren lucir bellas.
Se ven hermosas.
Hay otros que parecen realmente niños,
son risueños y se ríen a cada instante,
como si acabaran de cometer alguna diablura.
Se agachan y les suena todo el esqueleto,
no pueden contralar los movimientos de una mano
y, sin embargo, ríen. Para ellos todo es alegría.
Nunca pueden faltar los otros,
aquellos que hablan con la mirada,
los que vinieron a criticar, a mirar de arriba abajo,
para ellos los otros están mal.
- Qué pena –piensan.
- Qué vergüenza –sentencian.
Alzan las cejas, se molestan,
enumeran errores, recuerdan agravios.
- No voy a saludar a fulanito. –acuerdan consigo mismos.
Son cordiales, distantes, arreglados... frios.
Simulan disfrutar de la fiesta.
Las horas pasan y las bancas se van vaciando;
en una sociedad donde hay pocos niños,
los viejos regresan a casa cuando el sol se va.
Al poco rato, todo es silencio.
Roberto Cortés