Sonntag, 18. November 2012

No hay lugar seguro

Tenía algunos meses en Saarbrücken y todavía no sabía hablar alemán, pero ya me había acostumbrado a mi nueva vida: levantarme temprano, hacer ejercicio al aire libre y comprar en Ebay. Entre mis últimas adquisiciones se encontraban unos patines en línea. Eran un número más grande pero por lo que pagué no iba a reclamar nada. Nunca había patinado en mi vida, por eso me compré el equipo adicional que incluía rodilleras, coderas, y protección para las manos. A mi edad, los golpes ya no se olvidan tan fácilmente… En fin, era viernes, y la mañana apenas empezaba. Así que decidí probar suerte con los patines en una pequeña isla a la orilla del río Saar. Caminé hasta una banca que estaba casi en la esquina de la isleta y dejé mi mochila y mis Birkenstock – les digo, la asimilación iba a paso veloz- sobre la banca y me puse mis patines en línea y traté de pararme para dar una vuelta. La verdad es que uno se vuelve cobarde con el paso de los años. Tomé valor y comencé a patinar lentamente, por suerte no había gente. La primera vuelta no había sido tan mala, así que di una segunda vuelta con más ánimo, a la tercera me detuve al ver a una persona que estaba cerca de la banca donde había dejado mi mochila. Era un hombre, buscaba algo en un bote de basura. Nos sorprendimos al vernos, yo sobre mis patines y él con las manos en la basura. El hombre estaba un poco desarreglado, como si viviera en la calle, era moreno, parecía un poco chiflado pero inofensivo. Cruzamos nuevamente nuestras miradas y nos reconocimos: Ausländer. Yo me dije a mí mismo, vamos Alberto, no me digas ahora que vas a desconfiar de un extranjero, con todo lo que a ti te irrita esa discusión en los medios. Además, tú también eres extranjero: 100 % chilango, de la mismísima delegación de Iztalapapa. Buena hora para desconfiar… Saludé cordialmente en alemán y seguí mi camino, dispuesto a darle mi voto de confianza. Los patines me quedaban grandes y el camino no era tan parejo, así que tenía que concentrarme. Al terminar la tercera vuelta lo primero que me percaté fue que ya no estaba el hombre. Segundos más tarde me di cuenta que tampoco estaba mi mochila. Miré a lo lejos y pude ver cómo el hombre intentaba huir. El tipo rengueaba y no podía correr muy rápido, así que decidí alcanzarlo. Claro, no recordé que tenía los patines y por poco me caigo. No había tiempo para quitármelos, así que me encomendé al cielo y traté de ir lo más rápido que podía. No sabía qué decir, mi mente no encontraba las palabras correctas en alemán y tenía miedo de tropezar. El tipo no volteaba, parecía también concentrado en no caer. La isla terminaba con una vuelta donde el camino se inclinaba de forma pronunciada, él llegaba justo a la vuelta y yo me encontraba a cinco metros de él, dio la vuelta y pude ver mis Birkis que se asomaban de la mochila implorando mi auxilio. Di la vuelta decidido a alcanzarlo y grité “Entschuldigung…” justo en ese momento sentí como el pie derecho se iba hacía delante. En un intento por recuperar el balance traté de regresarlo y se fue todo hacía atrás, sin forma de detenerme me fui directo al suelo. Sólo alcancé a poner las manos con las protecciones que hicieron más rápida la caída. El hombre volteó asustado, tiró la mochila y me tendió las manos para evitar la caída. Yo fui a caer a sus pies, raspándome parte del brazo y la espinilla. Le espeté en alemán que esa bolsa era mía. El me preguntó, también en alemán ¿de dónde era yo? La pregunta me pareció fuera de lugar pero la respondí: De México. Él me dijo adiós – en español – y se fue rengueando tan rápido como pudo. A mí me dolían las manos, seguía atado a mis patines y había recuperado mis pertenencias. Lo dejé ir pensando, carajo, no hay lugar seguro en este mundo.